Ya no quiero encontrar un trabajo


Cuando empezó 2020, yo fui una de esas personas llenas de optimismo que inundó las redes de mensajitos repletos de buenos deseos para el año nuevo. También me dediqué a decir a diestro y siniestro que tenía buenas vibraciones con este año, y que iba a ser el momento de mi despegue, de encontrar lo que quería hacer y lanzarme a ello de cabeza. 

Luego vino la cruda realidad dispuesta a pegarnos un bofetón con la mano abierta y medio giro de impulso. Y con ello vino el desánimo: que vaya asco de año, que no voy a salir de este bucle jamás, que mis proyectos tendrán que esperar... 

Sumida en la apatía, me he dedicado a enviar mi currículum a todos lados, y he ido escorándome hacia las opciones laborales que yo creía más seguras en este año de aguas turbulentas. Cómo no, estudiar unas oposiciones, buscar un trabajo mejor, con más horas, más seguridad... 

¿Pero de qué seguridad estamos hablando? 

Una vez pasado el verano más raro que yo recuerdo, y después de haberme enfrascado en la persecución de esos objetivos "realistas", me he desinflado como un balón de playa al sol. He perdido toda mi ilusión, mi empuje, mi motivación y mi confianza en el futuro. 

Y entonces, se ha hecho la luz en mi cabeza

Durante los primeros días del confinamiento pude saborear las mieles de la libertad (muy paradójico esto, teniendo en cuenta que no podía salir de casa). Sentí la libertad de imaginar cualquier futuro, porque todo lo que yo creía cierto había dejado de serlo. Y eso es una liberación. Es como tomarte la pastillita de Matrix que te permite salir del sistema y verlo desde fuera (siento el spoiler), sin prejuicios y sin límites. 

Me permití imaginar cualquier posibilidad, porque cuando crees que has tocado fondo y no tienes nada que perder, consideras que te da lo mismo empezar a subir una escalera que otra,  y ¿para qué subir la misma de siempre? Me visualicé subiendo otras escaleras y persiguiendo otros objetivos, y me sentí capaz de hacer casi cualquier cosa. Esa sensación de libertad no tiene precio, en serio. 

Pero cuando la maquinaria de la economía se ha vuelto a poner en marcha torpemente y con mucha lentitud, y he vuelto a ver la posibilidad de recuperar mi vida, me he acomodado. He pensado que podía aparcar mis sueños más locos un año más y esperar a ver lo que pasaba. 

La consecuencia ha sido el desánimo del que hablaba antes. 

Y es que mis antiguos objetivos han caducado. Ya no me valen. Me da igual que las circunstancias no sean las mejores para lanzarse a perseguir los sueños, pero es que la vida es muy corta y yo no quiero seguir sentada en el banquillo viendo cómo se me escapa.

Sé que soy capaz de muchísimas cosas. Si he dudado de ello en el pasado ha sido por haberme sentido demasiado identificada por la etiqueta laboral que me tocaba llevar pegada en cada momento. 

Y ahí está la madre del cordero: Caemos en el error de creer que somos lo que dice nuestro puesto de trabajo por cuenta ajena. Y si la situación es peor que nunca y pasamos una temporada de desempleo, entonces nuestra autoestima cae en picado, porque ni siquiera tenemos una etiqueta laboral que nos defina. 

Pues eso es una solemne tontería. Una persona vale lo que vale, independientemente de las circunstancias, y si tú tienes claro lo que eres capaz de hacer, y las circunstancias actuales no te lo permiten, hay que hacer algo por cambiarlas. El fallo no está en ti, el fallo es que la coyuntura no es la que debería ser. 

Buscar trabajo desesperadamente para que sea otra persona la que nos saque del hoyo es un error. Es como buscar la aprobación de un tercero para desarrollarnos profesionalmente. Es pedir permiso para brillar.

Vamos a ver: hay mucho mundo más allá del trabajo por cuenta ajena. Esa opción está muy bien, es muy digna y a mucha gente le viene como anillo al dedo, pero no es la única, ni mucho menos. 

El mundo está lleno de gente que necesita cosas, servicios, ideas, proyectos, que nadie le está proporcionando, y seguro que hay alguno que tú puedes prestar y por el que podrías cobrar. 

Nosotros, y sólo nosotros, somos los dueños de nuestros destino. Dejar nuestro futuro en las manos de otra persona que puede decidir cuándo, dónde, cómo, y durante cuánto tiempo vamos a ser productivos, es una insensatez. Una persona que un día te puede decir: "ya no te necesito". Una persona que va a fijar los límites de tu desarrollo, porque sólo necesita que hagas X, aunque tú sepas hacer mil cosas más que estés deseando poner en práctica. Y como vas a tener que pasar la mayor parte de tu vida realizando esa tarea, jamás vas a tener tiempo para desarrollar todos esos talentos que tienes. Y eso frustra. Mucho. 

Yo empiezo a pensar que en la vida laboral hay un momento para cada cosa. Hay un momento para hacer prácticas, para probar el trabajo por cuenta ajena, para intentar nuevas vías académicas... Y hay un momento para levantar el vuelo. Para cada uno será diferente, dependiendo de lo que tarde en madurar o en ganar confianza, pero llegará. Y si no le hacemos caso, viviremos frustrados. 

No necesitas que nadie te diga que vales, ni que te diga cuánto vales, ni hasta cuándo vales. Tú sabes lo que vales, y nada te impide empezar a demostrárselo al mundo y, lo que es más importante, a demostrártelo a ti. 

La libertad es uno de los derechos más valiosos que tenemos, y es una pena que lo tengamos guardado en un cajón y nunca nos demos la oportunidad de descubrir de qué somos capaces

Yo ya lo tengo claro: Ya no quiero encontrar un trabajo. Voy a crearlo.  



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