Aprender a soltar




Marie Kondo se ha hecho mundialmente famosa por decirle a todo el mundo lo que ya sabía: que no se puede acumular como si no hubiera un mañana, y que lo más sensato y saludable, es desprenderse de lo que se ha convertido en un obstáculo en nuestra vida.

Soltar lastre, en una palabra. Mejor dicho, en dos.

Ella se refiere al lastre material, ése que todos vemos claramente que existe. Y por si alguien no es muy consciente de su existencia, el primer paso que recomienda es juntar encima de la cama toda la ropa que tengamos, para captar de un solo vistazo la magnitud del problema.

¿Pero qué pasa con el lastre inmaterial? Pues que no lo vemos, como corresponde a su naturaleza. Y así, nos cuesta muchísimo más darnos cuenta de que está ahí, entorpeciendo nuestra vida y nuestro avance.

El lastre inmaterial está formado por todas esas creencias erróneas y metas obsoletas que se han quedado enquistadas en nuestro camino.

A nadie en su sano juicio le parecería lógico mantener esa promesa infantil que nos hicimos a nosotros mismos, afirmando que seríamos astronautas al hacernos mayores. O cazadores de tiburones. O fantasmas, o vaya usted a saber qué. Bueno, algunos sí que han conseguido ser unos fantasmas, ya de mayores. Y alguno, incluso astronauta. Pero son los menos.

Pero ¿qué pasa con las promesas de la adolescencia, o peor, con las del inicio de la edad adulta? Ahí ya nos creemos que tenemos una idea clara de la vida, y nos agarramos a ellas como si fueran ley. ¡Pobre del que cambie de opinión y rectifique...! Porque, para más inri, a la confusión propia que acompaña al descubrimiento de que esos objetivos ya no te encajan, habrás de sumarle el remordimiento por querer tomar un camino distinto. Sientes que has fallado, que eres inconstante, que estás perdido, que te falta disciplina.

Yo tengo un sobrino inteligentísimo que, paradojas de la vida, no tiene inquietudes académicas. En realidad sólo tiene la mitad de esa ecuación: inquietudes. Cuando se trata de relacionarlas con el ámbito académico, pincha. ¿Y qué ocurre? Pues que le cuesta horrores centrarse para estudiar para un examen, o leer un libro, o cualquier actividad eminentemente intelectual.

En cambio, adora el fútbol. Y es bueno. Y, aunque creo que tiene asumido que probablemente nunca lo fichará un equipo de los grandes, se entrega en cuerpo y alma a la ilusión de su vida. Es terriblemente constante y disciplinado cuando se trata de entrenar, de aprender técnicas de fútbol, de ir a jugar campeonatos los fines de semana; de trabajar duro, haga sol, llueva o granice.

Mi sobrino, cuando era un niño, quería ser cazador de tiburones y médico. Las dos cosas juntas, nada menos. Pero ahora ha rectificado y quiere ser futbolista. Algunos dirán que es un inmaduro, pero yo creo que es realista, porque sabiendo lo poco que le cuesta trabajar duro en ello, es el área en el que, con más probabilidad, conseguirá ganarse bien la vida. Y encima será feliz.

A otros nos cuesta más soltar lastre y reorientarnos, pero lo importante es que sepamos que rectificar no es fracasar, sino ser consecuentes y realistas, y apostarlo todo a una meta realizable.

El mundo de hoy es horriblemente competitivo, y la única manera de movernos por él con cierto sentido, es dejando atrás los proyectos que nos impiden avanzar, y volcándonos con todo nuestro esfuerzo y nuestra ilusión en eso que de verdad nos motiva.

Pero recordemos que tener motivación no es tener ganas, sino tener un motivo por el que nos compense trabajar duro, porque de eso no nos libra nadie si queremos hacer algo bueno con nuestra vida.

Ea, ahora sólo falta aplicarse el cuento...







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