El otoño ataca de nuevo.





No sé si será el otoño, pero estoy atravesando una nueva fase nostálgica y melancólica. Me encanta esta época, pero como te pille con la guardia baja, estás perdido. Y es mi caso. Mi cumpleaños se acerca y no paro de hacer balance y cuestionármelo todo. Como consecuencia, me he comprado un nuevo par de zapatos que no me hacían ninguna falta. Como tengo la sospecha de que mi afán acaparador de calzado tiene cierta correlación con mis crisis existenciales, me pregunto si llegará el día en que esté tan satisfecha con mi vida, que deje de sentirme atraída por añadir nuevos zapatos a mi colección.

Pero tengo mis dudas de que eso ocurra. Lo de estar plenamente satisfecha y tranquila, quiero decir. Estoy tan acostumbrada a analizarlo todo, que ya no sé si sería capaz de no hacerlo. Me faltaría algo, supongo.

En fin, el caso es que ayer me puse a pensar con detenimiento en todo esto que hacemos cuando somos adultos: trabajar de lunes a viernes, esperar el fin de semana con ilusión, tratar de llenarlo de experiencias un poco diferentes (con suerte), y vuelta a empezar. Y luego, el pequeño paréntesis de las vacaciones de verano. Y otra vez en la casilla de salida. Año tras año.



Los que tienen hijos, al menos pueden sentir que evolucionan de alguna manera al verlos crecer, pero los que no los tenemos, corremos el peligro de pensar que estamos estancados (no sé si es un peligro o una realidad).

Yo me siento estancada, de verdad. Todas las semanas me parecen iguales. No pierdo la esperanza de que un trabajo diferente que me presente retos, me ayude a abandonar esa sensación. Lo que pasa es que es muy difícil no dejarse invadir por la impaciencia, y, aunque me he trazado un itinerario laboral y formativo que me ayude a alcanzar un escalón superior (y diferente), me cuesta mantener la constancia y la paz de espíritu que necesito para centrarme en ello.

Porque...¿y si ésa no es la solución? ¿Y si he elegido mal el camino y el objetivo? ¿Me puedo permitir esperar otro año?

¿Y si lo que de verdad necesito es olvidarme del tema profesional y exprimir la vida al máximo?

A veces me dan ganas de hacer cambios drásticos. No sé, como esos inconscientes que dedican tres años de su vida a dar la vuelta al mundo en bicicleta y en solitario (mi madre se acaba de leer una novela escrita por una chica que ha hecho eso mismo), o esos valientes que se van a la otra punta del mundo a ayudar a los demás (como me ha sugerido un buen amigo hace poco ;).

A lo mejor un paréntesis como ése, ayuda a tomar perspectiva y a aclarar las ideas, aunque también tengo la sospecha de que, el que está hecho un lío en su casa, va a seguir hecho un lío en la Conchinchina. Quién sabe...



En fin, soy consciente de que esta entrada no tiene miga ninguna, ni pies ni cabeza, pero llevaba demasiado tiempo sin escribir y no quería dejar pasar más sin hacerlo.

Por otro lado, también sé que no soy la única persona que se plantea estos dilemas, y aunque no dé ninguna solución al asunto, quizá le sirva a alguien saber que no está solo.

Que paséis una buena semana, y que se disipen estos vientos de incertidumbre.











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