Una curiosidad absurda



Hace unos días estuve revisando algunas cosas que tengo en un escritorio viejo en casa de mis padres. Eran libretas, carpetas y trabajos de cuando iba al colegio. Tenía un diario bastante vacío con alguna pequeña anotación acerca de un día cualquiera, y con ensayos de poemas y chorradillas varias. En realidad, en esa época tuve otro diario mucho más trabajado, pero un día, recién abandonada la adolescencia, decidí romperlo y tirarlo, porque estaba lleno de tonterías tales como "me gusta fulanito y hoy me ha hecho caso". Y sólo de pensar que pudiera caer en manos de alguien de mi familia, me daba sudores fríos, así que lo aniquilé. Es una pena, porque me hubiera reído mucho al leerlo después de tantos años.



Pero el caso es que aún tengo alguna prueba documental de mi escritura, como he dicho. El fondo es absolutamente irrelevante, ya que no pasaba de explicar qué había hecho en el colegio o qué me dieron de comer en casa. Lo importante es la forma: Mi letra, por aquel entonces, era muy ordenadita. Era redondeada, con los palos muy rectos, y con todos los caracteres muy proporcionados. Se podría deducir que en esa época tenía mucha tranquilidad interior.

En cambio, hoy me he dado cuenta del contraste con mi letra actual. En esencia sigue siendo muy similar, pero ahora es como si esas líneas de mi infancia se dedicaran a correr como pollos sin cabeza. Mis letras de la actualidad, me recuerdan a una carrera de esas del programa "Humor amarillo", en la que los participantes competían saltando sobre hamburguesas flotantes mientras perdían el equilibrio y caían al agua irremediablemente. No sé por qué, pero ésa, y no otra, es la imagen que me ha venido a la cabeza. Son letras alocadas, con cara de velocidad.



Si nuestra escritura supone algún reflejo de nuestro mundo interior, es evidente que mi interior de hoy es mucho más inquieto que el de mi infancia. Curioso, ¿no?

Lo interesante es que, aunque sea consciente de la actual irregularidad de mi letra, no consigo que luzca más ordenada, por mucho que me empeñe. Es como si tuviera vida propia.

Se me ocurre que ése puede ser un buen indicador de cómo nos sentimos por dentro: si alguna vez aprecio que mi letra vuelve a ser equilibrada, sabré que he recuperado la paz.

O a lo mejor, la agitada letra de mi yo actual, es sólo el producto de haber perdido la práctica con la escritura manual. Sí, va a ser eso...




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