Escribir me da paz



Hace un par de meses, sorprendentemente, se me llenó la frente de granos. Nunca sufrí de acné juvenil, y a estas alturas me parece casi cómico que me ataque, ya que ando muy lejos de mi etapa adolescente.

El caso es que el brote coincidió con una temporada de mayor inquietud mental de lo habitual, por lo que he acabado achacándolo al estrés. Y desde luego, mi estrés no se debe a mi trabajo, aunque pueda tener sus picos de actividad frenética. No, mi estrés me lo provoco yo solita, dándole vueltas y vueltas, y más vueltas, a todos los proyectos que tengo en la cabeza. Cada día me enfrento a un montón de decisiones que, para mí, tienen una trascendencia vital. Pero aun así, no avanzo.

Afortunadamente, después del parón vacacional y de algunas experiencias que me han hecho replantearme mis últimas intenciones laborales, parece que he recuperado un poco la serenidad, consecuencia de lo cual, mi frente ha vuelto casi a su estado normal (todavía está dando algún coletazo).

Con septiembre, vuelve la época de análisis de la trayectoria profesional y vital, y vuelvo a sentirme mareada por la cantidad de opciones que tengo delante, así que vuelta a empezar.

Y lo que más rabia me da es que, en lo más profundo de mi ser, sé que me gustaría dedicarme a escribir. Única y exclusivamente. Que sí, que sé que no es todo tan bonito como se pinta, que también tiene sus momentos duros, la soledad, las dudas, el leer y releer lo escrito, corregir, borrar, eliminar, reescribir...Luchar con el bloqueo... Todo eso lo sé, pero sigo creyendo que es donde debería concentrar mis esfuerzos.

El problema, una vez más, es que me falta la paz mental necesaria para ello. O quizá no sea un elemento imprescindible, y lo único que tengo que hacer es ponerme a escribir. Porque además, paradójicamente, escribir es lo que me da paz.

(Aún estoy sorprendida con el descubrimiento).  :O


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