Los propósitos de Año Nuevo



Nos acercamos a uno de los momentos más peligrosos para nuestras mentes dispersas: el balance del año que acaba y la planificación de objetivos para el Año Nuevo.

Si el resto del año estamos más perdidos que un pollo sin cabeza, queriendo llegar aquí y allá sin un rumbo definido, estos días los efectos perniciosos de ese comportamiento se multiplican por mil. Estamos, ya de por sí, en una época en la que parece una obligación plantearse nuevos retos, cosa que dispara nuestra dispersión, y si a eso le sumamos que estamos terminando un año en el que, presumiblemente, no hemos cumplido ni la tercera parte de lo que nos propusimos, entramos de lleno en la boca del lobo.


Además, según estoy comprobando en mis propias carnes, cada año que pasa, esa sensación es peor. El sentirnos un año más viejos, nos hace conscientes de que ya no tenemos toda la vida por delante y nos entran las prisas, así que, en vez de fijarnos un par de propósitos, nos fijamos diez.


Yo misma, llevo unos días en que no paro de imaginarme haciendo mil cosas nuevas, aprendiendo distintas disciplinas y alcanzando numerosos objetivos de lo más ambicioso, y hoy he llegado al punto de agobiarme. Menos mal que he podido ser consciente de la "crisis" y he decidido ponerme a escribir esta entrada como solución terapéutica, a ver si así aclaro un poco las ideas.


Como ejercicio para aplacar nuestras ansias de nuevos propósitos, os propongo escribir un documento que nos ayude a recuperar el norte. 


Yo tengo montones, más de uno por cada año. Cuando los releo, o bien me deprimo y me echo las manos a la cabeza viendo lo mucho que me he desviado de ese camino que me fijé en su día (y que tan sensato me pareció), o bien estoy a tiempo de enderezar la trayectoria, y retomo el camino marcado. En cualquier caso, viene muy bien para poner en orden las ideas.


El documento tiene que enunciar y analizar los siguientes puntos:


- Punto de partida:


Dónde estoy, qué hago, qué me gusta de lo que hago, y qué considero que debería cambiar.


- Por qué estoy donde estoy:


Tenemos tendencia a culpar al Universo de nuestros errores, pero la verdad es que estamos donde hemos querido estar, si no conscientemente, sí inconscientemente, porque nuestro estado actual es, en gran parte, el resultado de nuestras decisiones. Esto es así, y no descubro la pólvora, pero viene bien analizar nuestra trayectoria de cuando en cuando. Nos recuerda por qué tomamos las decisiones que nos han traído al momento presente, y nos hace darnos cuenta de que quizá lo que tenemos es lo que llegamos a desear en algún momento. Ya digo, al menos inconscientemente.


Por ejemplo, yo me doy cuenta de que estoy siempre con la cantinela de que debería estar realizando otro trabajo, pero lo cierto es que no encuentro motivos suficientes para buscar un cambio. Quiero un cambio "de boquilla", pero en la práctica no estoy tan segura, porque lo cierto es que no estoy haciendo ningún movimiento en esa dirección. Y a veces me planteo si eso es porque en mi fuero interno no quiero cambiar, porque estoy más a gusto de lo que quiero admitir, y porque valoro otras cosas que no brillan tanto pero que me hacen la vida más agradable. Entonces analizo las decisiones que he ido tomando en los últimos años y me doy cuenta de que son ellas las que me han llevado adonde estoy, y esas decisiones las he tomado yo libremente.


- Dónde (se supone que) me gustaría estar; qué me gustaría estar haciendo en vez de lo que hago:


Esto supone realizar un análisis maduro de nuestros objetivos. A veces basta con entrar en la página de una Universidad y conocer el plan de estudios de esa carrera que creemos que tendríamos que haber estudiado, para cambiar de idea. O conocer el día a día de una persona que se dedica a eso que tanto nos atrae. Afortunadamente, en internet hay información de sobra sobre cualquier perfil profesional. Hoy en día es difícil ir a ciegas.


- Un análisis realista de las ventajas e inconvenientes de la situación soñada: 


Porque sobre el papel suena todo muy atrayente, pero a la hora de la verdad, no es oro todo lo que reluce. Cualquier elección implica renuncias, igual que nos pasa con lo que hacemos actualmente, así que tendremos que decidir si estamos dispuestos a ello o si, en realidad, virgencita, virgencita, preferimos quedarnos como estamos.


- Si tenemos varios frentes por los que queremos apostar, deberíamos priorizarlos y quedarnos con uno solo para empezar.


Para ello, toca analizarlos y reflexionar sinceramente si queremos hacer todo eso o hay cosas que sólo nos interesan para un par de horitas al mes. Seamos sinceros, no podemos llegar a todo. Hay que elegir un caballo de batalla y dedicarle todo el tiempo posible, si es que de verdad queremos avanzar en algún campo de nuestra vida.


- Un análisis de mis puntos fuertes y de mi personalidad y carácter:


Hay que ser realista. Si desafinamos como una almeja, ya podemos abandonar la idea de dedicarnos a la música. Y si somos tremendamente introvertidos y/o tímidos, no tiene sentido soñar con desempeñar un trabajo que implique mucha exposición pública y labores comerciales. O por el contrario, si adoramos el contacto con los demás, no aguantaríamos ni dos días en un trabajo solitario y a distancia, si no lo equilibramos con un poco de socialización. 


- Una trayectoria razonable que vaya desde mi punto de partida hasta el punto deseado:


De verdad, y conociéndome como me conozco a estas alturas, ¿qué cambios tendría que hacer para poder acercarme más a mis metas? ¿Soy capaz de hacer esos cambios y de mantenerlos en el tiempo? ¿De verdad merece la pena o no me quedará tiempo para vivir?


- Una planificación del tiempo para trabajar en la consecución de mis objetivos:


Pero siempre de manera realista. Nada de levantarse a las cinco de la mañana, si sé que no soy capaz de acostarme antes de la una, y nada de eliminar totalmente la vida social y familiar o el tiempo de descanso, porque obviamente, será un plan imposible de cumplir, y abandonaremos a la primera oportunidad.


Todo esto viene muy bien para aclararse. Al menos requiere de un tiempo de reflexión que nos permite pararnos a pensar a fondo en cosas sobre las que fantaseamos. A veces nos permite ver nuestra realidad de una manera más objetiva, y llegamos a la conclusión de que estamos bastante satisfechos en realidad. 


Me acabo de acordar de una reflexión extraña que he tenido alguna vez: En ocasiones me ha pasado que he creído tener hambre, y al ir a la cocina y picar algo, me he dado cuenta de que, lo que en realidad tenía, era sed. ¿No será que nos puede pasar eso mismo en todas las facetas de la vida? A veces pensamos que tenemos que ponerlo todo patas arriba porque no conseguimos sacudirnos esa sensación de que "nos falta algo", y luego resulta que lo único que necesitábamos era hacer más deporte. O cultivar un poquito la vida social. O leer más o incluso pararnos a descansar sin un objetivo definido. Quizá con esas pequeñas mejoras, nos cambie totalmente la percepción de la realidad.


Bueno, para no desviarme mucho del propósito de esta entrada:


Para quienes sufrimos este síndrome de abarcar todos los objetivos imaginables, el ejercicio que he descrito nos vendrá muy bien. Así clarificaremos la situación, y estaremos en mejores condiciones de saber qué reto deberíamos fijarnos para el próximo año. O sabremos si lo único que necesitamos es relajarnos más e incorporar algún hobbie que nos aporte un nuevo aliciente al día a día, y disfrutar de la vida sin atormentarnos más. 


¡Suerte! ;)



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