Pero ¿qué es el éxito?

He ahí la madre del cordero. El origen de todos nuestros males; el inicio de nuestra frustración existencial: El éxito.

Por culpa de este concepto tan indeterminable y subjetivo, cuya búsqueda condiciona nuestras vidas, hay personas que ponen fin a un matrimonio feliz, a una vida estable sin sobresaltos, a una seguridad que les ha costado años conseguir...Por culpa del pensamiento de que el éxito se nos escapa de las manos, rompemos con todo y tomamos decisiones drásticas, para luego darnos cuenta de que en realidad con ese cambio nos estamos alejando más de él y no supimos verlo en su momento, cuando realmente casi lo habíamos alcanzado.


¿Por qué cuando más tranquilos vivimos, disfrutando de una vida sencilla y feliz, empezamos a ponernos nerviosos y no paramos de cuestionarnos todo? ¿Y por qué entonces acabamos tomando decisiones absurdas que tiran por la borda todo lo bueno que teníamos? Porque todos perseguimos el éxito. Lo que pasa es que hay algunos visionarios o privilegiados, o que han ido ganando sabiduría con la edad, que saben bien cuál es el éxito que merece la pena. Porque sí, resulta que el éxito no es un concepto con un significado claro e indiscutible. La definición de éxito depende mucho de a quién le preguntemos.


Yo creo que el significado que le demos está muy ligado al grado de confianza en nosotros mismos que podamos tener. A más seguridad y autoconfianza, menos relacionado estará con la proyección social. A menos seguridad, más pesará la opinión ajena. En realidad, esto tampoco es exactamente así. No es que influya la opinión ajena, es que influye la que nosotros CREEMOS que es la opinión ajena, lo cual es más grave, y deja bien claro lo baja que tenemos la autoestima. Pero la realidad es que el resto de la humanidad no está continuamente pendiente de nuestros movimientos, no somos el ombligo del mundo. La gente está ocupada lidiando con su propia vida, y tomar decisiones cruciales en la nuestra, teniendo en cuenta lo que pensamos que los demás van a opinar, es absurdo y muy triste.


En general, tendemos a pensar que la vida de los demás es perfecta, que todo el mundo está muy satisfecho con su vida y que se mueve por ahí con las ideas muy claras. Las redes sociales, y la imagen ficticia de perfección que proyectamos en ellas, contribuyen muchísimo a alimentar esa creencia. Y claro, luego comparamos con nuestra realidad y salimos muy mal parados. En algún sitio he leído: "no compares tu interior con la imagen exterior de los demás". Muy sabio consejo. Nuestro interior muestra todos nuestros defectos e inseguridades, mientras que el exterior de los demás es todo perfección, así que siempre saldremos perdiendo en esa comparación. ¿Y qué pasa entonces? Pues que relacionamos el éxito con esa imagen que nos muestran los demás, y la consecuencia es que empezamos a sentirnos frustrados y descontentos con nuestra vida, y perdemos la cabeza por conseguir un poco de eso que creemos que los demás tienen.


Creo que nuestra idea de éxito depende mucho de nuestro momento vital y de nuestra edad. Cuanto mayores nos hacemos, menos nos importa cuadrar en la clásica imagen de triunfador. También va por épocas. Hace unos años, se llevaba mucho aquello de ser un yupi, un adicto al trabajo que trabajaba de sol a sol sacrificando gustoso su vida personal. No hay más que ver las películas americanas de los años 80 ambientadas en el mundo de la empresa. Hoy día, en cambio, se lleva más el "nuevo hippie", ese profesional que decide simplificar su vida para poder dedicar al trabajo el tiempo justo y necesario, primando su vida personal. Luego se retira a un pueblo perdido en medio del campo y aprende a hacer su propio pan. Esto se lleva mucho ahora. Incluso las películas reflejan ese cambio de valores.


Eso sí, hay que tener mucha seguridad en uno mismo para tomar ese camino en la vida y defenderlo dignamente, sin dar la imagen de que eres un fracasado.


Yo creo que esa segunda opción de vida es la verdaderamente exitosa, pero también creo que aún no hemos superado la idea de que si no has pasado previamente por la primera opción, ni eres hippie ni eres nada: eres un fracasado, ni más ni menos. Es un rollo, pero es así. Y esa idea la tenemos grabada en nuestro interior, como consecuencia de años de ver películas y oír historias de supuestos triunfadores que vivían esclavizados por el trabajo, pero que despertaban la admiración de los demás.


Algunos deciden saltarse la primera fase y van directos a la segunda, pero no se atreven a hacerlo en tierra patria, así que se marchan a otro país a vivir dando clases de macramé. Porque si lo hacen en su pueblo, se los comen vivos. Así somos: viste más lavar platos en el extranjero (aunque sea en un bar de mala muerte de un pueblo de mala muerte) que lavarlos en el bar de tu calle. El primero es un aventurero triunfador. El segundo es un don nadie.


Yo no paro de cuestionarme mis valores sobre el éxito vital. El corazón me dice una cosa y la razón me dice otra, aunque no tengo muy claro cuál me dice qué. Uno me dice que si vivo feliz y tranquila en un pueblo bonito y agradable, a gusto en una casa que adoro, con mi familia cerca y un círculo de amigos muy, muy valioso, ya he alcanzado el éxito. Y el otro me dice que necesito hacer algo más con mi vida, algo "IMPORTANTE", algo más grande. Pero sé que si lo arriesgara todo y tomara el camino de la búsqueda de ese éxito social (porque en gran parte es eso), lamentaría perder lo que tengo ahora. Así no hay quien viva tranquila.


De todos modos, para acallar mi desasosiego interno, creo que hay una tercera vía. Creo que se puede mantener todo ese entorno que te da paz y felicidad, y a la vez perseguir algún tipo de éxito con más proyección profesional: se pueden cultivar los propios talentos en paralelo al trabajo. Se puede indagar en la propia naturaleza y encontrar alguna pasión a la que dedicar todos nuestros esfuerzos en el tiempo libre. Se puede acabar brillando y sintiendo esa autorrealización que tanto necesitamos con otra actividad que no tenga nada que ver con nuestro trabajo, de modo que incluso nosotros nos identifiquemos por esa otra faceta. Por ejemplo, Clint Eastwood ha desempeñado trabajos de lo más variopinto para poder ir tirando, mientras perseguía su otra pasión. De hecho creo recordar que fue hasta taxista. Igual que Daniel Day-Lewis, que ha sido zapatero entre película y película. Pero nadie duda de que su profesión sea la de actor.


También hay gente que se dedica a dibujar, a escribir, a componer, a crear alguna cosa artística y vender su obra por internet. También los hay que se vuelcan en el deporte a un alto nivel mientras lo compaginan con un trabajo de oficina que no les llena en absoluto. Hay mil cosas que se pueden hacer para buscar la satisfacción profesional e intelectual. Lo importante es que empecemos por creérnoslo nosotros mismos. Sólo así seremos capaces de proyectar la imagen con la que nos queremos identificar.


Eso sí, ahora tenemos que encontrar ese talento o pasión que nos ayudará a brillar, lo que no es tarea fácil...


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