Me siento estafada




Hoy estoy rebelde. Hoy he mandado a tomar viento a mis delirios de grandeza. Hoy es de esos días en que me gustaría ganarme la vida haciendo macramé vestida como una hippie. (Sí, pienso abusar del ejemplo del macramé, porque me hace mucha gracia).

Después de dos días de problemas en el trabajo (y lo que te rondaré, morena), y de volver a casa con un importante dolor de espalda provocado por la tensión mental, me parece que somos tontos.


¿Por qué?


Pues porque los problemas del trabajo me han tocado de lleno debido a mi progresiva asunción de responsabilidades, derivada a su vez de mi creciente grado de eficiencia laboral. ¿Y qué pasa con eso? Pues que cuando se presentan las complicaciones, no van a afectarle precisamente al chico que limpia los cristales. Te afectan a ti, que eres la persona en la que recaen todas esas responsabilidades, y quien, por tanto, tendrá que dar la cara si las cosas se ponen feas.


"Pues eso parece un castigo", pensaréis. Pues no. Eso, en teoría, es un premio a tu buen hacer. Porque han visto que puedes con lo que te habían asignado y consideran que te van a hacer feliz dándote más responsabilidades y más carga de trabajo. Así que te las dan.


Y no sé qué decir, la verdad. No acabo de sentirme muy afortunada por ello. Nos han vendido el cuento de que hay que asumir retos, seguir "creciendo", abarcar más, escalar posiciones. Y que eso es el éxito (a propósito de la entrada del otro día). Y claro, el día que te dicen que tú puedes hacer algo más que coger el teléfono, se te cae la baba de orgullo. Hasta que llegan estos momentos de estrés y piensas que eres tonta perdida. Con lo a gusto que habría estado yo viendo los problemas desde la barrera, con la mano apoyada en la cadera y diciendo "madre mía, vaya papeleta se os viene encima". Pero no, me ha tocado vivirlo en primera fila.


Y me siento estafada porque creo que la vida moderna está llena de contradicciones.


Vamos a ver, yo vivo en un "pueblito bueno", como decían los de Aquarius (en realidad es más bien una ciudad pequeña), y vivo muy relajada y feliz (en circunstancias normales). Tengo todo lo que necesito, la vida es barata, necesito poco para vivir, y lo que gano me da para pegarme unos buenos viajes en mis vacaciones. Pero así y todo, me he encontrado gente que, a modo de cumplido, me ha dicho: "Yo te imaginaba a ti en Madrid o algún sitio así". Y lo que implica ese comentario es que te ven capaz y no pueden entender cómo "te conformas" con vivir en un sitio pequeño donde no tengas que coger el metro todos los días, dedicar dos horas de atascos para ir a la oficina, saber cuándo entras a trabajar pero no cuándo sales, ganar un buen sueldo que, paradójicamente, sólo te da para ir apretado porque tienes que pagar un hipotecón que seguirán pagando tus hijos cuando tú te mueras..Te ven capaz de trabajar trajeado/a para un macrodespacho de abogados en el que eres casi un esclavo pero te sientes agradecido, porque "da caché".


Ese comentario que te hacen sin mala intención, te pilla en un día tonto y te hace replantearte las cosas. Y por eso, cuando ves que empiezas a subir posiciones en el trabajo, te sientes feliz. Hasta que te das cuenta de que la cosa tiene truco.


Pero es que, en resumidas cuentas, el que he descrito más arriba es el esquema de vida actual en el primer mundo. Y eso cuando te van bien las cosas. O sea, que ése es el bueno, el "sueño americano" (el español en nuestro caso, tirando para casa). Y tenemos esa suerte porque vivimos en un país civilizado y avanzado.


Y yo, por más vueltas que le doy, no acabo de captar el mensaje.


Hoy me acordaba de un vecino mayor que tuve hace años (ya murió, el hombre), y que vivía en una casita de pueblo a 50 metros de la mía, con un patio lleno de plantas. En una calle tranquilísima, por donde apenas pasan coches, porque hay un par de calles más cómodas de transitar y que llevan al mismo sitio. Así que el hombre se sacaba su silla a la calle todas las tardes y se sentaba al sol viendo el campanario de la iglesia. Y ahí sentadito, se dedicaba a trenzar esparto y a hacer cestos, que luego me imagino que vendería. Y tú pasabas por ahí y le decías: "buenos días, buenas tardes", y te daba una envidia que te morías. Porque al hombre no se le veía frustrado en absoluto.


Pero claro, eso es que seguramente era un inútil sin las capacidades suficientes para poder aspirar a vivir en una gran ciudad (cáptese la ironía), corriendo todo el día para llegar a un trabajo esclavizante por un sueldo que le permitiera ahorrar una ínfima parte que le diera para escaparse una vez al año a hacer turismo rural y sentarse al sol.


Otro vecino mío era zapatero remendón, y dedicó a ese oficio toda su vida sin amargarse en absoluto. Al contrario; se le veía la mar de contento hablando con cualquier vecino que se asomara a su establecimiento a charlar mientras él trabajaba. Y ha tenido hijos y les ha procurado una buena educación. Encima, un hombre educadísimo y con mucha clase.


Y claro, con esos ejemplos en mente, te preguntas si no lo estaremos haciendo todo al revés. Porque si resulta que el que ha estudiado y ha encontrado un "buen trabajo", y que, en teoría da la imagen de persona exitosa, en realidad va por ahí con aspecto estresado, ojeroso, con los nervios de punta, sin tiempo para nada y quejándose todo el día, y en cambio, el que parece que no está haciendo nada relevante con su vida, encuentra un trabajillo sin sobresaltos que le permite pagar sus gastos y disfrutar de su tiempo libre, el mensaje rechina un poco, la verdad.


Que, a ver, a mí me parece muy bien que asumamos retos, pero del tipo "voy a ver si soy capaz de tocarme la punta del pie sin doblar las rodillas", o "mañana me levanto a las 6". ¿Pero qué necesidad tenemos de complicarnos la vida? ¡Si nos vamos a morir igual! ¿De verdad se consigue una existencia más satisfactoria llenándola de asuntos que no nos dejan dormir?


Ahora, hablando un poco más en serio, empiezo a pensar que deberíamos trabajar en lo más sencillo que encontremos dentro de las opciones que nos proporcionen una remuneración razonable y suficiente para nuestras necesidades. Y enriquecer nuestra vida y nuestro intelecto con otras cosas que no impliquen manejar dinero ajeno o gestionar documentación cuya incorrección sea susceptible de buscarte problemas con la justicia.


Estudia veinte carreras y ocho idiomas si quieres, mientras te dedicas a vender jarrones artesanales por internet. Pon un quiosco. Hazte guía turístico freelance. Lo que sea, pero que no te quite la paz, que con la edad que voy teniendo, empiezo a pensar que es el objetivo más noble que podemos alcanzar.


Ya digo que hoy estoy rebelde.



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