Buscando el foco

Ya he cumplido cuarenta años y aún no sé qué quiero ser de mayor. No me enorgullece decirlo, pero soy víctima de lo que yo misma calificaría como "mente dispersa" o alarmante falta de foco en la concreción de objetivos personales. 

Siempre he sido buena estudiante, y en mi época académica, disfrutaba de una mente en paz, por lo que sólo tenía que concentrarme en hacer mi trabajo, que era estudiar y aprobar exámenes. De ese modo, iba superando etapas porque era lo que se esperaba de mí. Era mi trabajo y no tenía que decidirme por mil alternativas, porque, al menos en mi primera juventud, el camino era único e indubitado

Más adelante, sufrí mi primer episodio de dispersión mental cuando me vi en la encrucijada de elegir carrera. Conseguí superarlo con solvencia y me decidí (ahí caí en la primera trampa), por la carrera de Derecho, en parte porque me dio una repentina vocación por defender causas nobles (qué ingenua era), y en parte, y ahí está la trampa, porque era una carrera con muchas salidas y así, en principio, no me cerraba ninguna opción profesional. 

Y ahí fue donde metí la pata. Yo, por entonces, no conocía mi dolencia. Estaba sin diagnosticar, por decirlo de alguna manera. Sin diagnosticar por mí, que soy quien ha decidido lanzar el diagnóstico, pero en cualquier caso, aún no era yo consciente del que se iba a destapar como el más desconcertante de mis puntos débiles. Y si hay algo altamente desaconsejable para las personas de mente dispersa como yo, es elegir el camino que ofrece más alternativas. Te metes de cabeza en un laberinto lleno de dudas y desasosiego del que te resultará casi imposible salir. Yo aún estoy en ello. 

Total, que por culpa de haber elegido una carrera con infinidad de posibles salidas profesionales, me encuentro a estas alturas de la película sin haberme decantado aún por ninguna de ellas.

Ojo, eso no quiere decir que no haya dado un palo al agua. Mientras rezo por que llegue el día en que caiga del caballo deslumbrada por el rayo cegador de mi vocación profesional, voy trabajando en lo que puedo, dentro del abanico de alternativas soportables. Y ahí sí que me centro. Cuando tengo que hacer algo, lo hago, y lo hago bien. Y me entrego a fondo en mi trabajo. Pero eso no significa que haya dejado de padecer por culpa de la incertidumbre, ni que, al llegar a casa, consiga desembarazarme de ese molesto sentimiento de "¿yo no debería estar haciendo otra cosa con mi vida?" 

Además, como siempre pienso que no estoy en el camino correcto, aprovecho para compaginar el trabajo de turno con cursos de lo más variopinto y con estudios varios, con lo que tampoco vivo ni me relajo. Yo, como solución a toda crisis existencial (y tengo muchísimas), acabo comprándome un par de zapatos y un temario de oposiciones, así que ya podréis imaginar cómo de grave es el asunto y cómo tengo la casa. 

Y después de esta florida introducción, paso a explicar el objetivo de este blog. Pero claro, viniendo de una mente dispersa como la mía, no cabía esperar que el objetivo fuera sólo uno, así que voy a enumerar los varios frentes que pretendo cubrir con la creación de este pequeño espacio de expresión en el universo de internet: 

- En primer lugar, pretendo volcar aquí todos mis tormentos mentales diarios y liberar así a mi pobre madre de mis temibles "he pensado...", que, según me ha confesado ya en varias ocasiones, le ponen los pelos de punta, y con los que la acoso de cuando a cuando, cada vez que paso a hacerle una visita. 

- En segundo lugar, quiero dar rienda suelta a mi necesidad de expresión, y me gustaría poner un poco en orden mis ideas, a ver si el hecho de verlas escritas me ayuda a aclararme

- En tercer lugar, me gusta escribir, y mientras le doy vueltas al tema del futuro best-seller que me sacará de pobre (porque, cómo no, se me ocurren mil argumentos), pretendo ejercitar mi escritura y trabajar la imaginación. Quién sabe si, mientras tanto, me asaltará la inspiración. 

- Y en cuarto y último lugar, (de momento, porque no puedo pretender que esta lista esté cerrada), ya tuve un blog hace tiempo y conseguí reunir a una pequeña comunidad de lectores con los que compartí momentos muy buenos. Me di cuenta de que había mucha gente que pensaba y sentía como yo, y es una experiencia que me gustaría repetir. (¡Madre mía, me acabo de dar cuenta de que aquello fue hace diez años!)

Acabo de echar la vista arriba y me he percatado de que el título que he elegido para esta entrada, no tiene demasiado que ver con el contenido. Lo iba a cambiar, pero lo voy a dejar así, porque es una muestra muy ilustrativa de cuál es el mal que me aqueja. 

No obstante, voy a intentar reconducir el asunto...

He llegado a la conclusión de que en la vida hay dos tipos de personas: las que tienen una vocación clara y las que no tienen ninguna. Bueno, rectifico. Hay que añadir un tercer grupo: las personas que tienen mil vocaciones. 

Mi problema, y el de la gente como yo (porque me consta que somos más), no es que no tengamos vocación. El problema es que no conseguimos descartar ninguna opción. Y cuanto más conocemos, más caminos se nos abren en el horizonte. Nos gustan mil cosas, y más o menos nos defendemos decentemente en muchas de ellas, así que no conseguimos quitarnos ninguna de la cabeza. Y cuantos más caminos se nos brindan, más angustia nos acucia. 

La vida sin foco es un sinvivir, un caos, una duda perpetua. Una sensación de que no llegas nunca a tu destino porque no sabes bien cuál es. 

De vez en cuando veo en Netflix algún episodio de unos documentales muy interesantes sobre la vida de algunos Chefs que han alcanzado el éxito de una u otra forma. Hace poco, me sorprendió uno de estos capítulos, en el que contaban que un chef de Nueva York había tenido resultados desastrosos desde el inicio de su aprendizaje y de su carrera. Le llovieron las críticas negativas en casi todas sus experiencias laborales, pero el tío, erre que erre. Él se había empeñado en que quería triunfar con la cocina y no tiraba la toalla. En la escuela de cocina le vinieron a decir que era un negado, que no se molestara en acabar los estudios, pero él no se dejó amilanar. Este hombre tenía foco. Pero a lo bestia. Hasta el punto de que, aun empeñándose en triunfar en un campo para el que no estaba dotado en absoluto, consiguió su propósito. 

Moraleja: en la vida se llega más lejos si no te sales del camino, aunque vayas a la pata coja, que si vas corriendo en todas direcciones. 

Y eso es lo que yo quiero para mí: la inspiración necesaria para encontrar mi camino. Para ser capaz de tomar una decisión que me dé la ansiada paz espiritual que necesito. Quiero dedicarme en cuerpo y alma a perseguir una meta, pero mientras no decida qué meta es ésa, veré cómo mi tiempo se escapa sin pena ni gloria, sabiendo como sé que podría hacer algo interesante en mi vida si, simplemente, supiera qué. 







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